El otro día fui a Ikea.
Perdón, lo diré con mayúsculas. IKEA. El templo del
capitalismo. Un noventa por ciento de cosas que no son necesarias para vivir,
pero que se convierten en irresistibles cuando las ves allí.
El recorrido. El interminable corredor con flechas en el
suelo. Las ratas de laboratorio pueden recorrerlo en menos tiempo que la gente.
Cuando Teseo luchó contra el minotauro se creyó que estaba en un laberinto. No,
jovencito, si te llegan a meter en un IKEA no te vuelve a ver nadie con vida. Y el tipo con cabeza de toro sería tan tan tan de diseño que en vez de matarlo apuntarías su referencia con el lapicerito para llevarte uno a casa.
Hubo un niño que se perdió en el IKEA y le criaron los
chicos esos que van de amarillo. Ahora es semisalvaje, es como Mowgli, pero en
vez de jungla tiene mobiliario moderno y guay. Una vez llegué a última hora y
estaba cenando un sándwich mixto en una de las cocinas. Ya tenía el pijama
puesto. Vino una chica de amarillo y le dejó un yogur. “Esto cuando termines”.
Y la gente.
Midiendo con entusiasmo cosas que no van a caber de ninguna
manera en sus casas. No, no va a caber. Seguro.
Se les dilatan las pupilas mirando los muebles, se lo están
imaginando. Qué lindos, en su mundo de fantasía.
Señora, no olvide apuntar la referencia, porque el nombre es
impronunciable y puede tragarse la lengua. De nada.
¿Y el montaje? Calla calla, no estropees el momento. Las ratas
de peluche, los atajos(y una mierda atajos) los cachivaches que te hacen mucha
falta de repente, las ollas de medidas exclusivas que tienes que comprar la
tapa igual, Los muebles agotados justo en el tono de madera que querías…
…los transportistas con pinta de matones de Kingpin.
Cuchicheando entre ellos, mirándote con medias sonrisas mientras se acercan a
darte el papelito con su teléfono. Si les das tu dirección para que te lleven
los muebles no duermes en tres meses.
Y es triste mandar al niño al cole con el lapicerito de
IKEA, así que sólo lo usamos en casa, a escondidas. Somos cutres, pero que no
se vaya a notar.
Estoy deseando volver, para ver a Mowgli. Sólo él sabe
pronunciar los nombres de los muebles.

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